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" A nossa criação nao é feita de traços retos, perfeitos e comuns. A criação é feita do nosso talento em transformar até os mais simples acontecimentos em lembranças inesqueciveis.

São essas somatórias que faz com que sejamos tão diferentes e dotados de uma história que só nós podemos contar"

 
 
CAZA MAYOR
por Daniel Caray
Fonte : CAZA MAYOR
 
Esta es la crónica de una cacería a perro y cuchillo, como lanías que realizan a diario los paisanos, con la única variante de que fue organizada por una llamada telefónica y con el objeto de atrapar un jabalí determinado.

Cuando Hugo, con quien comparto esta pasión desde hace 30 años, me visitó, no podía creer lo que contaba. Mate de por medio, comentó que a la estancia Mal al había llevado, meses atrás, dos jaulas de ovejas, las que, salvo alguna incursión aislada del león, se dedicaban a engordar sin mayores problemas. Sin embargo, desde hacía un par de semanas, comenzaron a aparecer carneadas, ^casi todas las noches. El encargado, buen cazador y perrero, rastreó en torno de las reses muertas y comprobó con extrañeza que era obra de jabalíes. En esa zona, con grandes sembrados, no es común que los chanchos ataquen animales vivos. Las ovejas se encontraban en un cuadro relativamente cercano a la casa, rodeado por monte ralo por tres lados, mientras que el cuarto, limitaba con una calle; al otro lado de ésta, seguía el monte algo más espeso, pero con un quinual imposible abajo, debido posiblemente a la falta de hacienda.

El jabalí carneaba en el Llorón (el cuadro de las ovejas), y después iba hacia unos cañadones donde quedaban algunos charcos de agua barrosa y salada, para revolcarse. De allí en más, no podía rastrearse, pues se internaba en otro cuadro cubierto de paja vizcachera. Tras un descanso reparador, y después de largos años de madrugar, al filo de las cinco de la mañana, estaba con los ojos como el dos de oros. Trabajo inútil... pues garuó hasta muy tarde, y cuando salimos del casco no se veía a veinte metros por la espesa niebla. Así y todo, arrancamos hacia el Llorón a echar un vistazo a la majada. Cuando llegamos allí estábamos mojados hasta la pera, no tanto por la fina garúa que caía, sino por las ramas cargadas de agua que nos rozaban.

La cerrazón no nos permitía comprobar ppr el vuelo de chimangos y caranchos si había carneada, así que, para no alarmar inútilmente a las ovejas, rodeamos el cuadro para cortar rastros.

Falucho, el perro guía, ilustre mestizo con reminiscencias de airdale, punteaba, revisando entradas y salidas bajo el alambre; el resto de la cuadrilla lo se¬guía a poca distancia, atentos al trabajo del puntero.

Llegamos así al primer pasadero del chancho, la arrastrada bajo el alambre nos dio una idea de su tamaño. No parecía muy grande y era evidente que llevaba un escudero (un jabalí más joven que acompaña al viejo padrillo).

En los siguientes pasaderos pudimos darnos una idea aproximada del animal, posiblemente no muy viejo, acompañado de un cachorrón de año. Lo que era evidente es que no entraban al Llorón otros jabalíes, así que ésos eran, sin duda, los asesinos de ovejas.No habían bajado esa noche.

¡Suerte de cazador! Viendo que no teníamos allí nada que hacer, nos dirigimos hacia la Caldcna-da, cortando el cañadón viento arriba; en la zona de los charcos, observamos abundantes rastros y hozaduras, aparentemente concurrían allí todas las noches pero, sin duda, abrevarían en otro lado. La pista indicaba el rumbo de la Caldenada y, .aunque era oreada, la seguimos de igual forma. Ya al filo del mediodía arribamos a los viejos árboles que daban nombre al cuadro Lejos de la casa, de ruidos y sin que nadie lo molestara, era evidente que el jabalí entraba al campo siempre por el mismo sitio.

Por último, tras unos mil metros depenoso rastreo, se descargó un chaparrón que nos caló hasta los huesos. Ya empapados, decidimos regresar, pero si bien no encontramos el cancho comprobamos que usaba siempre el mismo camino, porque donde la paja raleaba la rastrillada tenía un metro de ancho, muestra segura que todas las noches la recorría.

Excusado es comentar que al regreso de cada salida, antes de ocuparnos de nosotros, dábamos de comer y beber a la cuadrilla, dejándolos donde pudieran descansar para el día siguiente.

La componían dos perros de Hugo: Oreja (cruza de dogo) y Sólito (dogo y galgo) y seis míos: Falucho (el puntero, cruza de airdale), Bayo (mestizo borzoi), Pampa (mestizo airdale), Fayllu (mestizo irish wolf hound), Charrúa (quizá cruza de airdale) y Chispa (mestizo fox terrier).

A eso de las nueve paró al fin el aguacero y pudimos salir de la cueva;

Levantamos el rastro donde lo dejáramos el día anterior y continuamos buscando eventuales hozaduras, más o menos en la dirección que traía, porque después de semejante lluvia era imposible ver alguna pisada; así y todo, descubrimos que el chancho describía un gran semicírculo.

EL LLORÓN

A las tres de la madrugada, de nuevo en la chata buscando rumbo al Llorón. Aunque no la habíamos visto para nada, estábamos en luna llena, así que, a pesar de la densa neblina, se podía distinguir bastante bien.

Unos trescientos metros antes de llegar al pasadero, ya los perros venteaban hacia el centro del potrero y enseguida arrancaron a la carrera.

Quedamos a la espera, casi sin respirar... nada, ni un torido ni un rumor. En esos instantes parece que hasta el corazón se detuviera, tan grande es la tensión, y no dudo de que es el momento más emocionante de la cacería con jauría, cuando se escucha torear el primer perro.

Los minutos fueron pasando lentamente. La niebla parecía por momentos más espesa. ¿Habrían errado la atropellada? Marchábamos en nía india. Avanzamos así un corto tiempo cuando una exclamación de Hugo nos paralizó: ''¡Allá! ¡Allá torean"! Y señalaba con el brazo extendido un punto en la pared de niebla.

Aguzando mucho el oído se percibía un lejano latido intermitente, que se convertía a veces en un coro. ¡Lo agarraron! Y allá salimos corriendo.

Así, corriendo a ratos y a ratos trotando, llegué a un alambrado (pese a mi vetustez, aún corro bastante ligero), detrás del cual se alzaba una pared de qui-nua, llegó en seguida Favio, conocedor del terreno. "¡Es la calle! — exclamó a media voz —. Está en los Guanacos."

La visibilidad no era mala, hasta donde permitía la niebla; por ahora, a impulsos de un leve viento, se desplazaba en manchones intermitentes. Nuevamente nos detuvimos a escuchar. ¡Nada! Un momento después, un ruido de palos quebrados y un ladrido ronco.

¡Falucho está empacado! Favio casi levanta vuelo al escuchar al perro; alean ce a sujetarlo de un brazo. "¡No corras! Está solo y espera que se junten todos."

Instantes después, un coro de toridos furiosos indicaba que el padrillo estaba empacado de firme.Y largamos como si los piquillines no tuvieran espinas.

No estaban tan cerca como parecía en un principio. Los perros lo tenían aferrado, pero los sacudía como muñecos, evidentemente cansados. Lo habían atrapado al pasar de un piquillinal a otro, justo en un pequeño claro donde aplastaron la quinua en la puja del combate, y allí nomás lo maté. "Tiene los colmillos cortados — dijo Hugo —." Estaban mutilados al ras, osiblemente con una tenaza.

Dejando de lado la falta de defensas, era un excelente ejemplar, sin indicios de mestización, con una cerda de más de una cuarta en la cruz, y hacia atrás poco antes del anca, otro mechón, signo también de que no existía.

Tocaba ahora la parte más dura, que era sacarlo hacia la calle, para lo que sólo estábamos dos, pues Favio no podía hacer esfuerzos. ¿Cortarlo al medio? ¡Ni se nos pasó por la mente! Quizá si hubiéramos tenido la máquina fotográfica, después de retratarlo junto a la cuadrilla que tanto lo peleara.

La hombreada fue interminable. Tardamos casi dos horas en llegar a la calle, por suerte Favio se adelantó a buscar la chata, que quedara al otro lado del Llorón. Cuando estábamos cerca ya se apareció a recibirnos un galguito nuevo que siguiera el rastro de la camioneta.

Nuestro compañero pampeano no podía creer que lo hubiéramos sacado entero, claro que la última parte del acarreo fue de a diez metros por vez. Pasamos el alambre, los perros con dificultad por la panza llena de achuras.

EL OUTRO

Tras no pocos esfuerzos, conseguimos cargar el padrillo en la chata; llamamos a los perros para que subieran, cuando un latido leiano hizo que arrancaran como rayos monte adentro. "¡El Odio!" — exclamó Favio (así se llamaba el galguito que viniera siguiéndonos.

Era evidente que no podía pararlo más que unos segundos, pues al cabo de ese tiempo recomenzaban los latidos como el falsete del galgo a la carrera. Por fin escuchamos el torido ronco de Falucho. ¡Lo pararon! Como el jabalí disparaba viento abajo, había ido acercándose en cierta forma hacia nosotros.

Era un padrillo de año, posiblemente el acompañante del que cazáramos primero, tan puro como él.Cuando cuereamos, revisamos la boca del jabalí grande y comprobamos que los colmillos fueron cortados tiempo atrás. Atrapado de joven y tenido en cautiverio, se los sacaron para restarle peligrosidad al crecer.

Después, en algún momento, logró escapar y volver a la vida salvaje; la costumbre de carnear ovejas la adquiriría encerrado, porque lo alimentarían con animales muertos que hallaban en el campo, haciendo que se aficionara'así a ese tipo de carne, por lo cual, al estar libre, comenzó a procurársela por su cuenta.

En cuanto al más chico, encontramos con sorpresa que tenía una herida reciente de fusil, que entrando por sobre el cuarto derecho salía a la altura del garrón, sin haber roto el hueso; por la trayectoria del disparo, lo efectuaron desde un apostadero elevado o una chata, y de muy cerca.

Sepa entonces el que baleó un chancho de unos ochenta kilos, la noche del 2& o 29 de abril, que no erró, doy fe. J.