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Este artículo que a continuación se leerá, fue recopilado de un NOTI DOGO del año 1978.
Cuando el señor Norman Fellton, uno de los jueces invitados para juzgar la exposición que los directivos de la Federación Cinológica Argentina denominaron “ EXPOCAN 78”, analizaba los representantes de los seis grupos que llegaron finalistas, mi atención se posó de manera muy particular sobre la figura de un espléndido DOGO ARGENTINO que, si bien algo elevado en su alzada, poseía todos los atributos inherentes a su raza cumplimentados por un excepcional movimiento, resultante de una conformación estructural y muscular que le permitía un desplazamiento suelto e impactante, que con toda seguridad fue el motivo que indujo al sr. Fellton a declararlo ganador entre todos sus contrincantes de elevada jerarquía.
Distinción que provocó un estruendoso aplauso no sólo entre los doguistas, sino entre todos los expositores y público, por ser la primera vez que un ejemplar de la única raza criolla llegaba a ocupar el podio más alto de una Exposición Internacional.
El inesperado suceso trajo a mi memoria el recuerdo de quien fuera su creador, don Antonio Nores Martínez, quien justo es decirlo, estaba muy bien representado en la persona de su hermano el Dr. Agustín Nores Martínez, quien es también en parte autor de este suceso, desde el momento que fue quien siguiera la obra emprendida por su hermano, tanto en la crianza como en el empleo –Gimnasia Funcional- en la cacería, fin principal de su creación, para luego ocuparse de su divulgación, tanto dentro del país como en el extranjero, hasta llegar a conseguir el reconocimiento internacional, al ser aceptado en el máximo organismo mundial, la Federación Cinológica Internacional –FCI-, del cual forma parte la FCA por intermedio del Kennel Club Argentino.
Esa explosión de júbilo que emocionó no sólo a quienes ya tenemos unos cuantos otoños, sino también a muchos jóvenes que recién se inician en estas lides cinófilas; fue seguramente la recompensa mayor que pueda haber recibido el creador de esa criatura que El calificó: “EL MAS PERRO ENTRE LOS PERROS (sic) Y EL DE MAS PRESA ENTRE LOS PERROS”, calificativo que jamás deberá ser olvidado si se quieren mantener intactas sus dotes de perro de montería que “triunfa o muere en el combate”.
Esa noche, mientras contemplaba las diferentes escenas que se iban sucediendo, motivadas por el triunfo, algunas de las cuales pensaba, motivadas por el triunfo de la realización podían llegar a aplanar ciertas aristas que actualmente entorpecen el camino de la crianza racional de este exponente de nuestra capacidad creativa, vino a mi memoria mi primer encuentro con los antepasados de los triunfadores de hoy, encuentro muy singular, por cierto, en cuanto no fue por conocimiento de su existencia, sino fruto de la casualidad.
Estaba pasando mis vacaciones estivales en la localidad de Villa Allende, localidad encantadora, situada a unos pasos de la “Docta”, hace ya unos siete lustros,-lo digo de esta manera para que no parezcan tantos los años transcurridos- pero para ser sinceros deberíamos agregarle aún una yapita más, cuando una mañana, al volver de mi caminata cotidiana en busca de ese aire impregnado de aromas silvestres que le da a uno la sensación de estar inhalando oxígeno puro, me encuentro con un hermoso perro blanco de mediana alzada, y orejas recortadas que, después de seguirme un trecho, se da la vuelta y desaparece como por encanto en la bifurcación de un camino que subía a las sierras.
Tan impactante me resultó el ejemplar que durante el almuerzo comenté su encuentro con mi esposa –tan perrera como yo- y decidí volver al día siguiente para ver si podía localizar su paradero, pues entendía que por el simple hecho de tener las orejas recortadas, no podía ser un perro cualquiera, pues denunciaba un fin particular.
A la mañana siguiente vuelvo por el mismo camino, y a medida que iba subiendo, como yo iba con el propósito de ver si lo podía encontrar, andaba mirando a uno y a otro lado, e incluso en los jardines de los pocos chalets que poblaban la zona, cuando de pronto me lo veo aparecer sin saber de donde había surgido, puesto que en ese lugar no había ninguna casa. Si bien de entrada me causó respeto, opté por llamarlo con la esperanza de que se me acercara para verlo mejor., pero mis intentos fueron vanos; apenas si se dignó girar su hermosa cabeza, interrogándome con una mirada que sin ser dura era bien profunda, para luego seguir de largo como si nada hubiera pasado. Me decidí entonces a seguirle a distancia para ver a donde iba a parar. Por suerte, luego de subir unos trescientos metros, tomó un camino que bajaba –y aquí casi lo pierdo de vista- y entró en una casa prácticamente escondida entre el follaje de unos grandes árboles.
Por fin había conseguido saber cual era su morada. Solamente necesitaba armarme de coraje para acercarme y llamar a la puerta, pero temía que ya en su casa, las cosas podrían cambiar; pero por suerte, mientras meditaba cómo podía solucionar el problema, sale una señora mayor a quien pido información y me entero entonces que el que tenía esos perros era un médico que habitaba en la ciudad de Córdoba y que eran muy buenos para cazar pecaríes, pumas y chanchos. Lamentaba la señora que no estuviera su hijo, quien me hubiera dado datos más concretos al respecto. Agradecí la gentileza y en cuanto retorné a la Hostería me puse en campaña para ver quien podía darme referencias, lo que no me fue muy difícil.
Sólo tuve que trasladarme a Córdoba, y en la dirección aproximativa, tocar unos cuantos timbres hasta dar con la casa que, si la memoria no me falla, estaba ubicada a un par de cuadras a la izquierda de la Catedral. Me enteré que allí residía, efectivamente, el Dr. Antonio Nores Martínez, creador y criador de la raza DOGO ARGENTINO, momentáneamente ausente de la ciudad, por lo cual no pude conocerle ese día. Pero ya de regreso a la capital, me carteé varias veces con él, hasta que un día me encontré en el Centro de Cazadores de Buenos Aires, del cual yo era en ese momento secretario, con el hermano don Agustín Nores Martínez, con quien pronto, y gracias a esos nobles seres que son los perros y a nuestra pasión común cinófilo-cinegética, trabamos una amistad que aún perdura.
Años más tarde, y siempre desde la Secretaría del Centro de Cazadores, invité al Dr. Antonio Nores Martínez a concurrir con alguno de sus ejemplares a una exposición de perros de caza que se realizaba en los salones de la Sociedad Rural Argentina, en la sede dela calle Florida, invitación que fue aceptada y agradecida.
Así fue que el 28 de septiembre de 1947 fueron presentados por primera vez a los porteños CUATRO EJEMPLARES DE DOGO ARGENTINO. En esa misma ocasión, antes de clausurarse la muestra, el Dr. Antonio disertó sobre la formación de esta nueva raza.
Cabe señalar que los ejemplares de esa época no presentaban la misma conformación que los de hoy, pues su alzada era menor y su físico más corpulento. Por otra parte, tenían un temperamento más combativo, ancestral, resabio que obligaba a tenerlos alejados unos de otros a fin de evitar que se pelearan entre sí, inconveniente que fue desapareciendo con nuevo aporte de sangre de perros no peleadores y con la continua gimnasia funcional a que fueron sometidos, haciéndoles correr en jauría.
De esta manera fue modificando su carácter peleador y es así como podemos hoy admirar a estos hermosos ejemplares que, sin haber perdido su combatividad, son bastante más “civilizados” que sus antepasados.
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